Darío Xohán Cabana abre el San Froilán 2015 con un pregón lleno de recuerdos

La Alcaldesa ha alabado el trabajo del pregonero, a quien definió como “un brillante escritor, que impresiona en todos los ámbitos, miembro de la RAG, de reconocido prestigio, que además lleva 28 años formando parte de esta casa”

Sábado, 03 de octubre de 2015
Fuente: 
Gabinete de Prensa
Pregón del San Froilán

A Alcaldesa de Lugo, Lara Méndez, presentou este sábado ao pregoeiro do San Froilán 2015, Darío Xohán Cabana, que foi nomeado pregoeiro por unanimidade de todos os grupos políticos que forman a Corporación, ao tratarse dunha persoa que “reúne sobradamente os méritos e os requisitos para ofrecer o pregón dos festexos do San Froilán”, tal e como subliñou Méndez.

En la presentación, la regidora ha alabado el trabajo de Darío Xohán Cabana, a quien definió como “un brillante escritor, que impresiona en todos los ámbitos, miembro de la Real Academia Galega, de reconocido prestigio, que además lleva 28 años formando parte de esta casa”. La Alcaldesa también ha hecho hincapié “en el orgullo y el lujo que supone para esta administración y para todos los lugueses que Darío Xohán Cabana sea el pregonero”.

“En estos tres meses que llevo al frente del Ayuntamiento, he podido comprobar, además de la calidad de su trabajo, la calidad humana, la cercanía y su espíritu integrador”, ha asegurado la regidora, al mismo tiempo que invitaba a todos los luceneses y visitantes a pasar unas buenas fiestas del San Froilán.

Antes de comenzar su intervención, Darío Xohán Cabana firmó el Libro de Oro del Ayuntamiento.

Pregón San Froilán 2015

Señora alcaldesa, señoras concelleiras e concelleiros, autoridades, amigas y amigos todos:

Se me llena la boca especialmente diciendo «señora alcaldesa» porque poder decirlo es la prueba clara de que el mundo ha cambiado mucho, y en muchas cosas para mejor, en los ya largos años de mi vida. Cosa hermosa es, en la ciudad más antigua de esta vieja nación que tiene una mujer como poeta nacional y como símbolo más alto de su rebeldía y de su esperanza, cosa hermosa es en el país de Rosalía, poder decir ahora con la boca llena «alcaldesa de Lugo», como quien mastica una manzana por fin madura, como quien bebe una agua nueva que tardaba.

Señora alcaldesa, amigas y amigos bienqueridos, después de veintiocho años sirviéndoos como funcionario lo mejor que supe o pude, me toca hoy el grande honor de abrir casi oficialmente estas grandes fiestas que, lo repetiré una vez más con Álvaro Cunqueiro, son las más hermosas del otoño gallego, las más hermosas, quiero casi decir, de todas las estaciones de nuestra Terra, o por lo menos las más hermosas de todas las ciudades nuestras, porque en ellas cuajó en cierto modo un milagro que hoy es tradición, pero que fue la viva realidad que las formó y les dio ese extraño sabor que siguen teniendo y que siempre tendrán, o tal quiero esperar.

Son estas unas fiestas de ciudad, porque Lugo es ciudad: ¿cómo no lo va a ser si lleva más años siéndolo que ninguna otra ciudad de Galicia? Es natural que las fiestas de una ciudad tengan carácter puramente urbano, pues cada cosa es lo que es, y hace hijos a su semejanza. Por eso las fiestas de las ciudades se diferencian claramente de las fiestas de las parroquias agrarias, y a nadie se le ocurre que las fiestas de San Xulián de Ferrol, ciudad hermana de la nuestra, puedan ser una cosa parecida a las de San Miguel en Roás, mi parroquia nativa.

Pero en Lugo es bien sabido que las cosas son de otra manera. Nacieron las fiestas del San Froilán, tal como hoy las conocemos, hacia finales del siglo XIX; nacieron y empezaron a prender precisamente en aquellos años de alrededor del 1875, cuando llegaba el tren a Lugo. Y nacieron alrededor de una feria, para reforzar la feria, para darle alegría a la junta ferial de largo radio y larga duración que todos los años se hacía en los días del patrón de Lugo por razones económicas, como se hacen las ferias todas de este mundo, que es por ganar un peso, por vender lo que sobra, por comprar lo que falta.

Ferias agrarias las de Lugo. Ferias del otoño, con la cosecha hecha (el trigo, las patatas, el maíz, el vino), con las patateras ya esperando para otoñar, con el largo invierno a la puerta. Ferias de las bestias y de la herramienta, ferias de labradores del entorno y feriantes y tratantes de fuera que vienen a vender lo que aquí no hay, que vienen a comprar lo que allá no tienen.

Era por aquel entonces Lugo, lo que podíamos llamar la capital agraria de Galicia: la más vieja ciudad de la nación gallega era también la capital del oficio neolítico que le había empezado a dar la vuelta al mundo había casi diez mil años en tierras de Mesopotamia, donde nació la civilización y donde hoy se levanta la bestia del salvajismo más extremo. Por eso las fiestas del San Froilán modernas, que ahora nosotros sentimos como antiguas, nacieron diferentes: nacieron de la simbiosis de la ciudad y del campo, de la alianza instintiva del gusto y el interés de las gentes que vivían en el interior de la muralla romana y las que cultivaban los abiertos campos de la región central de Lugo, quiero decir también Terra Chá, las montañas del Leste, Terra de Sarria, Ulloa y más. 

Eran aquellos tiempos de esperanza y de fe en el progreso, y este progreso tenía en Lugo una cara agrícola que ocupaba quizá el mayor espacio en las mejores cabezas del país. Eran, pongo por caso, los tiempos de la grande Exposición Regional de 1877, y luego los tiempos del Congreso Ganadero y Agrícola de 1896, y después la figura bienquerida del veterinario Rof Codina, y por los años veinte del siglo pasado era un tren saliendo cada día de la estación de Lugo cargado de terneros para Barcelona o para Madrid, y luego sería la FRIGSA, aquella cosa enorme que nació en Albeiros, que tan alto llegó y tan largamente agonizó sin saber por qué.

Así nacieron unas fiestas mestizas, y se fueron desarrollando, y eran unas fiestas que habían surgido alrededor de una feria entre urbana y rural, y quizás una parte del misterio que hay en su sustancia esté justamente neso. Llegaban a Lugo los labradores. Llegaban siempre como a casa propia, pero más aún en los días de mercado, y sobre todo en las ferias anuales, y mucho más aún por el día de San Froilán y el Domingo de las Chicas. Las calles y las plazas se llenaban con ellos, con nosotros, que veníamos de la aldea con los zapatos lustrados como espejos, la raya del calzoncillo bien hecha, con gorra nueva o con sombrero, con falda plisada y permanente, con los brincos en las orejas y el andar un poco receoso por los condanidos de los tacones.

A estas fiestas vine yo, niño labrador de Roás, Cospeito, en el corazón de la Terra Chá, en los años sesenta. Y tendría yo seis años. Hago cuentas y me parece que cinco. Vinimos invitados a la casa de mi madrina, en un autobús desde Roás, desde la casa de Guerra o del Mesón, hora y promedio o tres cuartos para un viaje de treinta kilómetros, y mi madre me llevó a la feria de las bestas, pues mi abuelo, el papá Salustiano, era bestilleiro y había venido a la feria con su recua, y estarían con él mis tíos Claudio y Segismundo, pero esto ya no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es que el papá Salustiano me levantó para darme un beso, con sus bigotes amarillos, a los que se le había ido el rubio natural y el blanco como el pelo, pero que no podía blanquear porque los ahumaba con sus cigarros de cuarentón gordos como dedos. Y en que parte sería por aquel entonces exactamente la feria de las bestas? Eso sí que ya no lo recuerdo, o a lo mejor no lo supe nunca, pues un niño de cinco años que viene a Lugo por primera vez poco sentido topográfico puede tener; cualquier día he demirar en el Progreso de la época, donde estará dicho directa o indirectamente; pero los lugares son muy diferentes hoy de aquella época...

Recuerdo, sí, muy bien, pero ya con ojos de niño que quiere ser joven, a lo mejor ya con calzoncillo largo, aquellos tenderetes del campo de la feria, por donde hoy es la estación de autobuses... Aquellos tenderetes con herramientas e instrumentos de labranza, fouciños, fouciñas, fouces, fouzañas e gateñas, gradóns, arados, rellas soltas, cestos, enciños, sachos, rodas, cribos, vetillos, narigóns, cordas e adivais, chavellas, cádigas, estrobos, zocas, zonas de cana, zocos e madroñas, aguilladas, ferróns, tixelas, potas, potes, tangues, olas, canadas e caldeiros, redes dos queixos, gra de toxo...  Digo algunas palabras que case ya no hay, porque no hay las cosas que designan. Porque yo nací en el neolítico. Los labradores gallegos que tienen, que tenemos sesenta años o más nacimos casi en el neolítico. No quiero exagerar, no diré entonces que fue en el neolítico; pero en el espacio de nuestras vidas el campo gallego pasó del arado romano al tractor de cuádrupla tracción, de ordeñar a mano como nuestros ancestros castreños a las salas de ordeño con programa informático, de la agricultura diversificada casi de autoconsumo basada en la producción de abono al monocultivo de la leche basada en el nitramón. Esto fue el cambio más grande que hubo desde lo neolítico, e incomparablemente más rápido. Si un niño labrador de 1960 fuera puesto de pronto en el mundo del 2000, seguro que le parecía un mundo más extraño que se lo habían mandado por la máquina del tiempo al año 1000 de Galicia, o incluso al castro de Viladonga del tiempo de los romanos...

Se acabó la agricultura vieja, se acabó el mundo viejo con su luz y su sombra, y vinieron otras luces y otras sombras, y con la agricultura vieja se acabaron las ferias aquellas que con tanta estúpida nostalgia acabo de evocar. Ahora no hay yugos ni peneiras, ni culmeiras ni rangueiros... Pero al igual que los que estudiaron en un seminario siempre conservan algo clerical aun que dejen de ser curas o no se ordenen nunca, las fiestas del San Froilán, nacidas del noviazgo de la ciudad y del campo, del contubernio cómplice de los burgueses, comerciantes y artesanos de la ciudad de Lugo y los labradores de la Montaña y de la Ulloa, de la Terra Chá y la Meseta lucense, estas fiestas de nosotros conservan una cosa misteriosa, y ciertamente indefinible, que las hace bien diferentes de las fiestas de A Coruña o Pontevedra, de Ourense o de Ferrol, de Santiago o de Vigo.

Ninguna fiesta como la nuestra es tanto de los forasteros de alrededor. Porque para gente de Castroverde o de Cospeito, de O Páramo o de Palas, el San Froilán es fiesta de la casa, es cosa estrictamente propia, parte del ciclo anual indígena que tiene lugar a treinta o a cuarenta o cincuenta kilómetros, pero que en realidad está en el corazón de la vida civil de todos los ayuntamientos y parroquias de la región central de Lugo, ahora más extensa. Y al mismo tiempo, ninguna fiesta como la nuestra está tan imbricada en la ciudad, tan íntimamente conectada con las plazas y con las calles, con los paseos, con nuestro espacio cotidiano de andar y de vivir. No es cosa accidental, cosa que puede ser o no ser, o ser en cualquiera sitio: es cosa esencial que tiene que estar en el centro, en el corazón urbano, y no puede ser de otra manera porque entonces no sería más que una fiesta como hay tantas por el mundo adelante, donde la gente se divierte, sí, pero no hace el que hacemos nosotros, que no sabemos bien lo que es, pero que lo sentimos bien distinto. Mas, ¿cuánto va a durar este carácter? Para decirlo de una manera bien pedante, ¿cuánto va a sobrevivir la superestructura ideológica que es una fiesta a la estructura económica que la hizo ser cómo es?

Porque Lugo es muchas cosas buenas, pero ya no es exactamente lo que se puede entender por capital agraria, gran capital agraria de Galicia. Tal cosa no existe ya. Es verdad que en Lugo hay una gran facultad de Veterinaria y excelentes escuelas de ciencias agrarias y forestales, pero... Un monocultivo lechero invadió nuestra Tierra, y especialmente las tierras llanas u onduladas de la región de Lugo; los eucaliptos resistentes a la helada pueblan ricas agras de fértiles vegas junto a los ríos, y hasta suben por los montes donde antes eran tojos que cocían el pan y hacían abono, ahora totalmente inútiles... No es nostalgia, no. O no es solo nostalgia. Vivimos en un mundo mal hecho, vivimos en un país mal hecho. Yo voy por las parroquias del ayuntamiento de Lugo, que son más de cincuenta, y veo el que hay: algo de ganadería, apenas nada de agricultura. Agricultura en el sentido propio, que consiste esencialmente en la producción de vegetales para el consumo humano. Dijo hace pocas semanas Xosé Carlos Carreira: "en Galicia producimos leche para veinte millones de personas, e importamos el 50% de la comida que comemos. Y ahora incluso la leche hay muchos problemas pra venderlo por un precio sostenible. La angustia la vimos hace un mes alrededor de las murallas en forma de una inmensa riola de tractores..."

Yo no son quien para deciros qué se puede hacer, ni es este el lugar ni el momento. Pero os diré: tengo un sueño. Sueño una Galicia puesta en pie, dueña de su destino, que como esencialmente lo que produzca, y que produzca más aun pra que fuera sepan el buenos que son los espárragos de la Ulloa, los higos de Quiroga y las manzanas de Adai y de Orbazai. Sueño con praderas para ganado de leche y de carne, y bellas agras con patatas, y grandes huertas con cebollas, pimientos y tomates, e invernaderos para el mal tiempo, pra adelantar la primavera y prolongar el verano. Sueño unas fábricas de queso que le enseñen a Francia cómo se hace el queso, después de aprender nosotros de ellos lo mucho que nos pueden enseñar. Sueño, naturalmente, con vino de la Ribeira Sacra, pero también con las peras y las cerezas de la Ribeira de Piquín, que en otros tiempos no había carreteras para llevar a los mercados, y ahora que hay carreteras ya no hay peras ni cerezas. Sueño con miel, con mermeladas, con melocotones en conserva, con huevos de gallinas libres... Sueño una agricultura sostenible, sabiamente moderna, inteligentemente diversificada, con sentido ecológico, con prudente consumo de energía. Sueño con una potente primavera y con un verano cumplido, y sueño con un otoño que se corone cada año en el San Froilán de Lugo, en esta antigua ciudad de nuevo convertida plenamente en capital agraria de Galicia y en centro industrial, cultural y de servicios de una gran comarca que venga a Lugo por el San Froilán como se viene a la propia casa.

Vosotros sabréis perdonar que un viejo niño labrador, o con malas palabras un desertor del arado, suscite delante vosotros tanta nostalgia de futuro. Van a empezar las fiestas singulares, las fiestas urbanas más agrarias que hay en nuestra Tierra, y casi no dije nada de ellas. Ni siquiera os hablé del pulpo, que es casi un pecado no hacerlo, ni me acordé de Barriga Verde ni de otros personajes populares más o menos felices, ni pregoné las excelencias concretas del programa de este año, ni di los consejos de rigor relativos a las dosis convenientes de vino, de cerveza y de otras bebidas potencialmente peligrosas si no se tratan con prudencia, ni dije nada de Froilán y el lobo, ni invoqué el dios de la lluvia pra que se abstenga de pingar hasta lo 13 de otoño. Creo que no estoy a la altura de vuestra confianza. Una confianza, señora alcaldesa, señoras y señores concejales, que os agradezco infinitamente, por la delicada y gentil unanimidad con que quisisteis honrarme y acariciarme cuando me designasteis para esto que ahora voy a hacer por fin: declarar oficialmente abiertas las fiestas del San Froilán de Lugo de este año 2015. A vosotros, amigas y amigos todos, gracias por vuestra presencia y sobre todo por vuestra paciencia. Y ahora que suene la música, que explote la pólvora, que los caballitos den vueltas, que escintile la alegría, que la fraternidad caliente nuestros corazones, y que esa fraternidad universal nos recuerde siempre que entre nosotros hay gente que viene aquí buscar la vida que no encuentra en el país natal. Ellos son nuestros hermanos, y esta ciudad que se precia y chufa de ser hospitalaria debe de serlo más con quien más falta tiene de acogimiento, de ayuda en la necesidad, y también, e incluso quizá sobre todo, de cortesía y de respeto, de una sonrisa amistosa y una palabra amable. Amigas y amigos, viva Lugo, viva el San Froilán.

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